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La vida y otros cuentos


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VOLVER

Siempre he sabido que venir a la playa tiene un efecto beneficioso en nuestra salud y bienestar. Nos da energía, a la vez que calma nuestra mente, pero nunca lo había sentido como ahora, aquí, contemplándola. Siempre la he disfrutado al máximo, pero ahora la descubro como una necesidad.

Desde mi privilegiado observatorio, veo a algún valiente tratando de meterse en el mar, veo la cadencia de las olas como ondas de agua, golpeando la playa, escuchando su sonido tan característico, una y otra vez, atrás, adelante, sintiendo su olor, siempre ahí, en su inmensidad, majestuosa.

En la calma que da estar frente a la orilla en este tiempo en el que la playa está desnuda de sombrillas, cubos, palas, bullicio, en la que solo hay arena y soledad, mi conexión con ella se hace doblemente fuerte. Hay días en los que el mar está algo más alborotado, quizás, es su manera de protestar ante lo que está pasando. Pero me envuelve y me hace sentir que estoy mucho más conectada conmigo misma, con la vida y arraigada a esta playa donde siempre quiero volver.


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En estos días en los que la crispación política ha cogido una temperatura muy elevada en Madrid, donde acaba de terminar una campaña electoral absolutamente bronca y reñida, una campaña de bloques en la que se ha hablado mucho de democracia, sí, pero también de fascismo y en la que no han faltado amenazas en forma de cartas con balas dentro, me ha venido a la memoria el relato que hice sobre una parte de la historia de mi familia paterna, una familia separada y marcada por una guerra civil y una dictadura, que hicieron que dos hermanos nos pudieran compartir sus vidas y sus descendientes tampoco. Unos nos quedamos aquí y otros se exiliaron a Francia. Y he creído oportuno publicarlo, en estos momentos, aquí, en mi blog.


LA FAMILIA DE FRANCIA

“Je vous parle d’un temps que les moins de vingt ans ne peuvent pas connaître…” preciosa canción de Charles Aznavour con la que empiezo mi relato sobre una parte de la historia de mi familia en la que el pasado tuvo una importancia vital para el presente que tengo.

No podía imaginar que la mañana del 29 de septiembre de 2018, al abrir un correo, nuevamente el pasado de mi familia paterna entrase en mi vida. De repente, los recuerdos se me agolpan en la memoria y el pasado cobra vida dentro de mí. Percibo el sentimiento con que mi padre, en los últimos años de la dictadura, me contaba lo que vivió durante la Guerra civil española. Porque de eso trata mi relato. De una familia separada a causa de la Guerra Civil Española.

Durante mi infancia, no recuerdo que en mi casa se hablase de la Guerra Civil.  Reinaba un silencio que nadie osaba saltarse. Dos veces al mes, llegaba puntualmente el cartero con una carta que, por el matasellos, sabía que era extranjera. A veces, el sobre venía con los bordes azules y rojos y ponía “par avion”  y a mi padre se le iluminaban los ojos cuando abría esas cartas. En esos momentos, me decía: “Es de la familia de Francia” y así fui sabiendo que tenía una familia en Francia, comenzando a imaginar cómo sería el día en que nos pudiéramos conocer. Francia, desde ese momento, empezaba a cobrar importancia en mi vida.

Con el tiempo, y según iba creciendo, fui cogiendo retazos de conversaciones confidenciales que mantenían los mayores en las largas sobremesas que se hacían en mi casa y comencé a entender el sufrimiento que hubo en mi familia paterna a causa de la Guerra Civil.

Mi padre era adicto a la lectura. Le gustaban, sobre todo, los libros de historia. La primera vez que empezó a hablar abiertamente de la Guerra Civil fue cuando llegó a sus manos un libro sobre el campo de concentración de Mauthausen. En él figuraba el nombre de su hermano asesinado en Gusen el 14 de noviembre de 1941. Gusen era un campo aledaño a Mauthausen donde los nazis llevaban a los prisioneros a morir. Mi padre se enteró de esa terrible manera que su hermano estaba muerto, ya que, hasta ese momento, le daba por desaparecido, albergando dentro de sí la esperanza de volver a encontrarlo algún día. Aún recuerdo, emocionada, como llamó a mi madre, con un hilo de voz, dándole la fatal noticia.

Mi familia paterna era una familia humilde de un pueblo de Extremadura.  Mis abuelos tuvieron tres hijos, dos hombres y una mujer. Mi padre era el pequeño de los tres y su hermano, el mayor. Ellos cuidaban el ganado y trabajaban el campo por el día, pero cuando llegaba la noche, a los dos hermanos les gustaba ir a la clase nocturna que daba el maestro del pueblo para aprender a leer, a escribir, y a hacer “cuentas”. Mi padre, durante toda su vida, tuvo un espíritu de superación ejemplar.

Tanto mi padre como mi tío eran jóvenes con fuertes ideales y con un gran sentido de la justicia social. Fundaron con otros vecinos la “Casa del Pueblo” y allí comenzaron a formarse en el socialismo. Eso tuvo sus consecuencias cuando tiempo después llegó la Guerra. Mi padre, con rabia contenida, me contaba como varios guardias civiles le sacaron de su casa y con una pistola en la sien le obligaron a tomarse una botella de aceite de ricino. Por “rojo”. Pero la dignidad pudo más que el miedo y la purga no hizo su efecto.

Mi padre tenía veintiún años cuando estalló la Guerra Civil. Fue reclutado para el servicio militar por el ejército franquista, mientras que su hermano, con treinta años, era militar del ejército republicano, luchando en el bando contrario. A partir de ahí, en la casa familiar todo cambió, llevándose la pena a su madre, mi abuela, en mitad de la guerra, viendo como su vida se desmoronaba.

Recuerdo a mi padre, con voz entrecortada, contándome su llegada al pueblo unos meses más tarde, con motivo de un permiso, encontrándose con la noticia de la muerte de su madre. Allí quedó su padre, mi abuelo, con su hija, mi tía, y la mujer de su hermano con dos niños muy pequeños que nunca llegarían a conocer a su padre, al igual que mi padre tampoco volvería a ver a su hermano. Supo que pasó la frontera con Francia a finales de la guerra y según contaba, con orgullo, tenía la graduación de coronel. Una familia separada y destrozada por una Guerra maldita.

Mi tío formó parte del más de medio millón de hombres, mujeres y niños que, a finales de la Guerra, cruzaron la frontera camino del exilio sin saber lo que les esperaba al otro lado de los Pirineos. Campos de trabajo rodeados de alambradas, donde el hambre, el frío y toda clase de penalidades provocaron que perecieran miles de refugiados españoles. Mi tío, superviviente de ese primer campo de concentración, se alistó en las filas del ejército francés, en las “Compañías de Trabajadores Españoles“, y de ahí llegó como deportado al campo de Mauthausen.

Mi padre, una vez terminada la Guerra, regresó al pueblo. El retorno se hizo muy difícil. La casa que le vio nacer ya no era la misma. En los rostros de la familia se reflejaba la pena, la rabia, el hambre y la humillación que sufrieron por ser del bando perdedor. Mi padre hizo todo lo que estuvo en su mano, convirtiéndose en padre para sus sobrinos y en el mejor apoyo para su cuñada. Pero finalmente, sucumbieron a todas esas calamidades.  Mi padre marchó a Madrid y con él mi abuelo. Mi tía y mis primos, con la ayuda de un familiar que ya estaba en el país vecino, cruzaron la frontera. Ellos, en ese momento, no sabían que era un viaje sin retorno.

Según contaba mi padre, la llegada de mi tía con sus hijos a París fue muy dura. Idioma diferente, costumbres diferentes, pero la capacidad del ser humano para resistir ante las adversidades, es inimaginable y poco a poco se fueron adaptando a esa nueva vida.

El tiempo y la distancia se encargaron de ir espaciando las cartas hasta que, en algún momento, años después, dejó de venir el cartero para traer noticias de la familia de Francia.

Mi padre, hasta que falleció en el inicio del siglo XXI, siempre llevó en su corazón a sus sobrinos y a su cuñada y todo su silencio, preso del miedo en los años de la dictadura, lo fue dejando a un lado para contarnos su historia de lucha, sintiendo como, en lo más hondo de su corazón, seguían vivos los recuerdos a pesar de los años.

La vida, después del dolor que me produjo la muerte de mi querido padre, un hombre bueno, generoso, tolerante, que sufrió en carne propia la Guerra Civil, siguió su rumbo inexorable. Pero dentro de mí seguía viva la curiosidad por saber qué habría sido de mi familia de Francia, si estarían vivos, si estarían bien y qué recuerdos tendrían ellos de su familia española.

La Ley de Memoria Histórica aprobada en el año 2007, abrió ante mí un camino de posibilidades que comencé a explorar. Navegando por internet, encontré la página web “La Memoria Viva” donde descubrí el gran trabajo que desarrollan contra el olvido, y contra el nulo reconocimiento que han tenido en España todos los que lucharon por la libertad y la democracia.  Pero no solo fue ese el descubrimiento.

Una tarde de la primavera del año 2009, en la soledad de mi casa, delante del ordenador, mis ojos se quedaron fijos en un post de la página web de la Asociación, donde figuraba una reseña con el nombre de mi prima, la hija de mi tío, hablando de su padre desde su casa en las afueras de París. En esa entrevista que hizo con motivo del 70 aniversario del exilio español y de las indemnizaciones que daba en aquel momento el gobierno francés, hablaba de las miserias pasadas: “He pasado muchas miserias en España y en Francia, pero en Francia he podido trabajar y comer», recalcaba.“En España no sabía qué gusto tenía la carne”.

Una mezcla de alegría, nerviosismo, emoción, me recorrió todo el cuerpo. Rápidamente, me vino el recuerdo de mi padre, cómo se sentiría él si estuviera a mi lado, viendo juntos la noticia. Después de esos momentos de sorpresa, fui avanzando en la noticia sin imaginarme que me encontraría con una mayor. Otra reseña donde descubrí un nombre y un apellido idénticos a los de mi tío. La emoción y el interés iban en aumento según iba descubriendo quien era la persona que escribía. Era su nieto que llevaba el mismo nombre y homenajeaba a su abuelo, escribiendo lo orgulloso que se sentía de él y de su familia.

De la emoción pasé a la zozobra y a querer saber todo lo que ponía en esas páginas. Una narración completa y detallada, en francés,  de cómo era la existencia de los deportados en el campo de concentración Mautahusen y el aledaño Gusen clasificados en grado III. Campos de exterminio donde la vida se iba por los hornos crematorios.

Rápidamente, me puse en contacto con el presidente de la Asociación para ver cómo podría localizar a mi familia. Esa noche, después de contarlo en casa, me resultó difícil poder conciliar el sueño. Al día siguiente, me puse manos a la obra, siendo clave su ayuda. Me puso en contacto con una investigadora andaluza y cofundadora de la Asociación para la Memoria Histórica. Gracias a ella y a su gran labor con todas las familias de los presos españoles que perdieron la vida en Mauthausen, pude localizarlos. No así al nieto de mi tío, que, en ese tiempo, no respondió a mi reseña en la página, ni a los correos que el presidente desde la Asociación, le escribió.

La primera vez que cogí el teléfono para hablar con mi prima, no me salía la voz cuando pregunté por ella al señor que descolgó el teléfono con un “Aló“. Momentos después escuché una voz de mujer que me llamaba “prima” en un perfecto español, con acento extremeño, y comenzó a hablarme y a contarme y a preguntarme y a decirme lo que quiso a su “tío Juanito” y el interés que siempre tuvo por él. Me sorprendió su conocimiento de la vida de mi padre y según la escuchaba hablar, con ese acento tan característico de Extremadura, parecía que la conociera de toda la vida, como si nos hubiéramos visto ayer. No recuerdo exactamente el tiempo que estuvimos hablando esa primera vez, pero desde luego fue mucho. Terminamos con el deseo de volver a hablar muy pronto. Y así, telefónicamente, fue como nuestras vidas se volvieron a encontrar y comenzamos a saber la una de la otra, poniéndome al día de toda la familia de Francia y sintiendo el cariño que, a pesar de la distancia, nunca se desvaneció.

El acontecer de la vida nos volvió a separar, y desde hacía cuatro años, no tenía noticias de la familia de Francia.

En este tiempo en el que los recuerdos se han ido desvaneciendo y el interés por mi familia paterna se ha ido suavizando, vuelvo al 29 de septiembre de 2018 fecha con la que comenzaba este relato. Al abrir el correo, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Me escribía el nieto de mi tío.

De nuevo, me invadió un sentimiento de sorpresa, emoción, nerviosismo, me escribía, en francés, preguntándome por la familia y deseando que todos estuviéramos bien.

De nuevo, la Asociación de la “Memoria Viva” ha tenido especial importancia. Al preguntarle cómo había encontrado mi dirección de correo, me dijo que fue a través de la Asociación.

Desde ese momento, mi familia de Francia está presente en mi vida. Comenzamos a intercambiar fotos, vídeos, correos y las redes sociales han hecho que estemos en permanente contacto. Me he encontrado con que tengo una gran familia. Estoy feliz de que se haya hecho por fin realidad lo que durante tantos años he deseado.

Hoy, por fin, la familia de Francia ha llegado a mi vida para quedarse definitivamente

Nota.- Cuando empecé a escribir el relato no se había publicado aún la relación de los españoles fallecidos en el campo de exterminio Mauthaussen-Gusen , víctimas del horror nazi y que, aunque tarde, por fin un gobierno ha dado el paso de reconocer a estos hombres y mujeres como españoles asesinados por el nazismo por defender la libertad y la democracia y devolverles la dignidad. En este listado figura mi tío.

BOLETÍN OFICIAL DEL ESTADO Núm. 190 Viernes 9 de agosto de 2019 Supl. N.   Pág. 146

Los fascistas del futuro se llamarán así mismos antifascistas“. Winston Churchill


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EL 2020

Se marchó Diciembre y con él el 2020. Un año en el que hemos estado varados como un barco en tierra de nadie.

Un año en el que siempre he tratado de tener un punto de optimismo a pesar de ser un tiempo duro y difícil en el que la tristeza, la nostalgia y la incertidumbre han logrado meterse tan dentro de nosotros que es difícil sacarlas de nuestras vidas por mucho que lo intentemos.

Ahora, con la perspectiva que da el paso del tiempo, vemos realmente que cuando comenzó el 2020 no podíamos imaginar lo que estaba por llegar. Sin saberlo, comenzábamos a entrar en un túnel oscuro en el que la luz tardaría en verse. Ese tiempo de confinamiento severo en el que las ocho de la tarde de cada día se convirtió en cita esperada para poder saludarnos y hablar desde la distancia de las ventanas o los balcones, aplaudiendo a los sanitarios.

Con la primavera ya avanzada llegó la “nueva normalidad” en la que pudimos ver, al fondo de ese túnel oscuro, algo de luz. Esa “normalidad” de mascarilla, gel, distancia social, que nos permitió salir de nuestras casas, poder pisar la calle y sentir los rayos del sol, dejando en letargo la tristeza y la nostalgia.

Y llegó el verano, ese período estival en el que el calor y los días largos han sido los mismos de todos los veranos pero que, este, del 2020, lo vamos a recordar siempre como un verano diferente. Verano con la mascarilla ya incorporada a nuestra rutina habitual.

Y llegó el otoño, un otoño cómplice en cuanto a temperatura, descubriendo un noviembre primaveral, con sus días apacibles, en los que el sol estaba presente y podíamos pasear disfrutando de bonitos atardeceres, a la vez que el virus volvía por sus fueros, las cifras de contagios se expandían velozmente y el desolador túnel, con la tristeza y la nostalgia, amenazaban con volver.

Y ha llegado el invierno y con él las Navidades. Unas Navidades en las que hemos hecho lo posible por crear el ambiente navideño de siempre y mantener la ilusión, pero nos ha sido muy difícil conseguirlo porque nos ha faltado algo muy importante, los abrazos, el sentirnos cerca y podernos reunir con nuestros seres queridos. Estas fiestas han sido el broche diferente para un año diferente.

No quiero terminar este post sin hablaros de uno de los mejores descubrimientos que he tenido a lo largo del 2020, vosotros, los que os habéis tomado un poquito de vuestro tiempo para visitar mi blog. Con vuestros “me gusta” o comentarios, he sentido que estamos conectados a través de este espacio común en el que expresamos nuestras inquietudes, incertidumbres, experiencias, dudas, en definitiva, nuestros sentimientos. GRACIAS!!!!

Ahora que ya estamos en el 2021, deseo que sea un año de esperanza para todos. Qué esté presente la SALUD con mayúsculas y que podamos, nuevamente, descubrir las emociones que sentimos cuando nos besamos, cuando nos abrazamos, cuando nos acariciamos.

FELIZ AÑO 2021

Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes”. Kahlil Gibran


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Descubrimientos en tiempos de coronavirus: Noviembre primaveral.

Después del paréntesis del verano en el que pude salir de mi casa en la ciudad para ir a mi otra casa en un pueblecito bañado por el mar, vuelvo a escribir sobre otro de los descubrimientos en estos tiempos de coronavirus: Noviembre primaveral.

En esta época del año en la que lo normal es ir con abrigo, bufanda y guantes, con las luces de Navidad ya puestas en las calles, siendo de noche a las seis de la tarde, aún podemos salir a pasear solo con una chaqueta liviana. El tiempo se hace nuestro aliado y nos da un respiro antes de que venga el invierno de verdad o un nuevo confinamiento. Siento el otoño como la estación más bonita del año, y me gusta ver los colores de las hojas de los árboles, cuando se van quedando desnudos, pasando de ocres a rojizos o amarillentos. Siento el poder de la naturaleza a mi alrededor paseando por el campo que tengo detrás de mi casa, al igual que sentí la primavera cuando salí por primera vez después del confinamiento duro.

Desde aquí, os invito a que antes de que acabe este noviembre primaveral, aprovechéis para salir y disfrutar de lo que nos dejan. Caminar, recoger toda la luz del sol y guardarla en nuestro interior, tomar un café en la terraza de un bar al aire libre, hacer una excursión al campo y disfrutar de la temperatura tan suave que tenemos estos días. Vamos a agarrar este tiempo cómplice y vamos a sacarle el jugo hasta que se agote y nos toque quedarnos en casa.

A ese tiempo que está por llegar también tenemos que intentar sacarle el mejor partido en esta nueva normalidad. La era digital también se torna aliada y pone a nuestra disposición la posibilidad de estar con la familia y amigos en reuniones online, ver, desde el sofá de nuestra casa, obras de teatro, cine, o conciertos en vivo de nuestros artistas favoritos.

No dejemos que nos invada la tristeza y la nostalgia. Vamos a darle la vuelta a este tiempo de incertidumbre, generando resiliencia para afrontar el futuro con fortaleza. Dispuestos a ello!!!

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Tardes de verano

Me gustan las tardes de verano, en la playa, cuando el sol ya no está tan alto. Voy lentamente caminando por la orilla del mar, notando como las olas vienen a mis pies, majestuosas, con ese ruido potente, para seguidamente dejarlos desnudos. Poco a poco voy hacia adentro, adaptándome al cambio de temperatura, aunque el Mediterráneo es un mar cálido por naturaleza.

Mar en calma, olas tranquilas, aguas transparentes que invitan a disfrutar. El mar me arropa y miro al cielo, de un azul intenso, con alguna nube que parece algodón de azúcar. Calma total. Parece una tarde de verano más de las muchas que llevo aquí. Las olas, una tras otra, van y vienen en un compás en el que parece que el tiempo no ha pasado y siento que es el mismo verano de tantos otros donde el tiempo es interminable, donde nos reunimos los amigos para ver los atardeceres maravillosos, donde el mar va cambiando de color a la vez que el sol se va escondiendo y recibimos a la luna envuelta en un cielo de múltiples colores. En ese momento, mágico e irrepetible, nos abrazamos y celebramos la vida juntos, sabiendo que tenemos todo el verano por delante para disfrutarlo.

Si cambio la mirada hacia la arena, el paisaje cambia por completo. Es una tarde de verano diferente. La gente va con mascarilla, no veo grupos de niños y niñas, jugando, haciendo castillos de arena. Las sombrillas están muy distanciadas unas de otras y siento, especialmente, la ausencia de los amigos contemplando el atardecer.

Decido volver la mirada hacia adentro, hacia el horizonte, donde se junta el mar con el cielo para seguir creyendo que son las mismas tardes de otros veranos en la playa de mi vida.


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Descubrimientos en tiempos del Coronavirus 5: El maquillaje en la nueva normalidad

No soy de las que se ponen maquillaje, sombra en los ojos,  rimmel en las pestañas todos los días,  pero siempre, hasta este momento, he salido a la calle con un toque de “rouge” en los labios y algo de color en las mejillas. Formaba parte de mi rutina diaria, como ponerme los zapatos o coger las llaves de casa.

Cuando comenzó el confinamiento, esa rutina se quedó varada y estuve tres meses con la cara lavada sin ningún tipo de aditamento que no fuera la crema diaria. Ahora, con la nueva normalidad, podemos volver a salir y descubro que comienza una nueva rutina.

Ahora, antes de salir, lo que busco en el armario del cuarto de baño no es el colorete y el lápiz de labios, es el paquete de mascarillas y el gel hidroalcohólico. Cojo una del paquete, previa desinfección de las manos, y me miro en el espejo para ver que me queda ajustada, que las gomas están bien pegadas a la orejas, que está bien sujeta a la nariz para que cuando me ponga las gafas no se empañen los cristales. A continuación, cojo el frasquito de gel y lo guardo en el bolso. Al principio, suponía un esfuerzo colocarme la mascarilla, buscar el envase apropiado de gel para el bolso, pero una vez superado todo ello, he descubierto que esta nueva rutina es más práctica y rápida que la de antes de la pandemia.

Ahora, ante el espejo, con la cara tapada por las mascarilla, no tengo que preocuparme de perfilar los labios antes de darme el rouge, o de que las mejillas estén igualadas con el colorete, o en los pocos días en los que me daba maquillaje, comprobar la uniformidad en todo el rostro.

Ahora, ante el espejo, con la mascarilla puesta, mirándome a los ojos, descubro lo que intuía cuando empezó la “fase 1” y que ya comenté en uno de los post anteriores sobre mis descubrimientos en este tiempo de coronavirus: La importancia del lenguaje de las miradas cuando se cruzan al tener la cara tapada. Ha llegado ese momento en el que el maquillaje de los ojos sea una herramienta imprescindible en el impredecible lenguaje de la mirada, al perder, en parte, la expresión facial con la mascarilla.

Ahora, ante el espejo, descubro que en el maquillaje de la nueva normalidad, los ojos son  los protagonistas.

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Vecino enamorado

Cuando vi la expresión de los ojos de Antonio al mirarla, descubrí que estaba enamorado de ella. A mí nunca me había mirado así.
Estamos juntos desde…. ni me acuerdo. Formamos un buen equipo, nos gustan las mismas cosas, tenemos caracteres afines y sin pensarlo demasiado, un buen día de hace muchos años, decidimos compartir nuestras vidas.
En el rellano del piso en el que vivimos no teníamos vecinos hasta que hace dos meses vino a vivir una pareja, Estrella y Vicente, con su hijo. Ella, una mujer guapa, joven, con unos ojos color miel muy expresivos y él un hombre rayando los sesenta, muy atractivo, alto, con un cuerpo muy estructurado y de muy agradable conversación.
En seguida comenzamos a tener contacto, ya que Vicente, por su trabajo, pasaba semanas fuera de casa y nosotros estábamos dispuestos a ayudar a Estrella en lo que pudiera necesitar. En alguna ocasión, hemos hecho de “canguros” o Antonio ha hecho de “manitas” cuando lo han necesitado.
Poco a poco empezamos a intimar y a tener cada vez más relación con nuestros vecinos. En los momentos en los que estaba Vicente en casa, cualquier disculpa era buena para reunirnos. Me gustaba mucho hablar con Vicente, un hombre muy culto del que siempre aprendía algo. Podía estar horas escuchándole sin perder un ápice de interés. Con estas reuniones conseguimos tener un trato cercano y siempre que disponíamos de tiempo, organizábamos encuentros en su casa o en la nuestra.
Y sin darme cuenta, Estrella empezó a estar muy presente en el día a día de Antonio. Según me contaba, coincidían a menudo en el portal cuando ella llegaba del trabajo. En ocasiones, se retrasaba y me decía que se había encontrado con Estrella y habían estado hablando durante bastante rato de cosas que, en aquel momento, no me interesaban demasiado.
En aquellos momentos, no podía imaginar lo que estaba sucediendo entre Estrella y Antonio, hasta que hace unos días, estando los tres en casa, vi la mirada de los dos cruzarse. Fue algo fugaz, pero me sentí como una extraña entre ellos. En ese instante, entendí las justificaciones que ponía para madrugar; también entendí su buena disposición a bajar la basura todos los días cuando, antes de conocerla, detestaba hacerlo; simplemente eran excusas para encontrarse con ella. Han sido cambios sutiles que se han ido produciendo, poco a poco, sin llamar la atención, y ahora, al ver esa mirada, de repente, ha ido pasando por mi cabeza, como una película, toda la relación desde el inicio.

Tendré que preguntarle a Antonio si se ha dado cuenta de cómo nos miramos Vicente y yo.

 


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Descubrimientos en tiempos de confinamiento 4 “El cariño desde la distancia”.

Siempre he creído que los abrazos son indispensables para nuestra salud emocional. Darnos un abrazo, tocarnos, es una sensación tan placentera en la que no he dejado de pensar durante toda esta semana que hoy termina.

Ha sido una semana rara. He estado nerviosa, un poco agobiada, se acercaba la fecha de mi cumpleaños y me volvía a invadir el sentimiento recién descubierto de la nostalgia. Nostalgia de fechas pasadas en las que nos juntábamos todos a celebrar esta fecha señalada. Sentía que  iba a echar de menos tener cerca a mi familia para tirarme de las orejas y darme los regalos con un beso fuerte y sonoro en las mejillas acompañado de un gran abrazo. Es verdad que tengo la suerte de tener a mi lado a mi marido, compañero, amigo, amante, siempre cerca, haciéndome feliz, pero el saber de antemano que no íbamos a estar con toda la familia, me ha hecho estar toda la semana inquieta.

Y llegó el día. Desperezándome en la cama, lo primero que sentí a mi lado, fue el abrazo de buenos días de mi marido, con el primer beso de felicidades, diciéndome que iba a tener un bonito día de cumpleaños. Y así ha sido.

A lo largo del día, he recibido llamadas, mensajes de cariño, felicitaciones, sorpresas de mi familia, llenas de amor, haciendo, con el paso de las horas, que los temores tan presentes durante toda la semana, se hayan ido disipando. La tecnología, este invento moderno, también ha contribuido a ello, uniéndonos en la distancia.

En este tiempo de confinamiento, el día de mi cumpleaños me ha abierto la ventana a otro descubrimiento: No me han hecho falta los abrazos para sentirme rodeada de cariño y llena de amor aunque no estemos cerca.

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Descubrimientos en tiempo de confinamiento 3 “La nueva normalidad”

Ayer pisé la calle después de más de cuarenta días de confinamiento. Estaba deseando salir fuera de las paredes que me han dado cobijo durante tantos días, pero a la vez que sentía esa necesidad, sentía miedo, nervios, muchas dudas y una sensación de inseguridad como cuando un niño comienza a dar sus primeros pasos.

Todo estaba en su sitio, la calle limpia y ningún coche circulando. He descubierto, nuevamente, la maravillosa sensación del aire y el sol dándome en la cara y me ha gustado descubrir la complicidad entre los desconocidos que nos cruzábamos en la distancia con un gesto de saludo o un “buenos días”. Qué bonito sentir esa sensación inimaginable antes del confinamiento. Según iba caminando, la inseguridad que tenía antes de salir, fue mermando y mis temores se fueron diluyendo. Hacía un día precioso y me propuse disfrutarlo durante el tiempo que nos dejan. Había decidido, después de las dudas, no llevar mascarilla ni guantes. Es una zona muy tranquila y amplia por la que transito, con mucho campo, permitiendo guardar la distancia social que nos aconsejan.

Según iba avanzando en mi paseo, en la acera de enfrente, en la misma dirección que yo, caminaba una persona conocida, que al principio, por llevar mascarilla, dudé si era ella. Mi primer impulso fue acelerar el paso para ir a saludarle y preguntarle cómo se encontraba después de cuarenta días sin vernos. Pero me paré en seco porque, en ese preciso momento, mi cerebro me avisaba de que no debía seguir, aunque mi corazón me decía que lo hiciese. Entonces, nos limitamos a saludarnos con la mano enviándonos besos desde la lejanía. Sentí el encuentro como algo fallido, algo que no terminaba de encajar. Aún, en mis pensamientos, fluía la idea de volver a la vida de antes cuando nos permitieran salir. Y ahí, en ese instante, descubrí lo lejos que estaba la vida de antes y cómo iba a ser la “nueva normalidad” de las relaciones interpersonales. Sin besos, sin abrazos, sin un apretón de manos con un “cómo estás”.

Continúe mi camino para adentrarme en una zona verde, inmensa, que estando tan cerca de casa, la comencé a descubrir y a disfrutar desde mi terraza, esa terraza que ha sido mi mejor aliada durante este tiempo de confinamiento y desde donde me he sentido un poquito menos prisionera. Ahora, el paisaje que he contemplado a diario, se abría ante mí. He podido saltar, correr y sentir sobre mis pies la hierba crecida, descubriendo el olor característico de las flores silvestres haciendo aún más placentero el camino.

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En la “nueva normalidad”, otro de los descubrimientos será la importancia que tendrá el lenguaje de las miradas cuando se crucen al tener parte de la cara tapada por la mascarilla. Y las nuevas formas de darnos afecto para sustituir los abrazos. Habrá, también, una nueva seguridad para protegernos unos a otros. Y así, según vayamos pasando por las fases, iremos haciendo descubrimientos hasta conformar esa “nueva normalidad”.

La “nueva normalidad”, dos palabras que se han convertido en protagonistas y  que son el gran descubrimiento de este tiempo. Para todo lo que nos queda por venir, es importante recordar lo que dijo Stephen Hawking:

“La inteligencia es la habilidad para adaptarse al cambio”.

 

 

 

 


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Descubrimientos en los tiempos del coronavirus 2: El sentimiento de la nostalgia

Han pasado más de quince días de confinamiento que me han llevado a hacer descubrimientos que antes nunca había percibido, como ya comentaba en mi post anterior.

Sigue el confinamiento y sigo descubriendo. Ahora, el descubrimiento está en el terreno de los sentimientos: La nostalgia.

Este sentimiento o sensación no lo había experimentado anteriormente. Siempre me ha gustado recordar el pasado y me causa emoción ver la diferencia entre el ayer y el hoy,  pero no he sido de las personas que viven sin desprenderse de su pasado. Sin embargo, en estos momentos de confinamiento, quizás por la incertidumbre ante el futuro, me refugio en los álbumes de fotos antiguas, en recordar un tiempo en el que todo era distinto y que entonces ni siquiera podía pensar que aquello era la felicidad y ahora, la nostalgia se encarga de que piense que sí lo era. Se hace hueco dentro de mí con una sensación agridulce añorando el pasado al que ya no hay  posibilidad de volver.

No quiero que este nuevo sentimiento se instale en mí, sin sacar su lado positivo. Por ello,  voy a tratar de que este refugio momentáneo que me brinda la nostalgia, me dé la fuerza suficiente para resistir el presente que nos toca vivir.

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