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La vida y otros cuentos


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Los mejores años de nuestra vida. Veranos en el Camping

Ya estamos instalados en nuestra parcela, la caravana en su sitio y sentados bajo los árboles que nos dan cobijo, sentimos verdadero placer. Siempre la llegada supone trabajo, sacar mesas, sillas, la ropa de las bolsas de viaje, abrir la caravana, instalar los toldos, pero todo ello merece la pena por el contacto con la naturaleza, una medicina natural que nos renueva por dentro y por fuera y que, cuando estamos aquí, nos damos cuenta de cómo la necesitamos. Playa, montaña, frutales, lonja…. Disfrutamos de todo de lo que habitualmente no hacemos…..

El momento de las duchas después de haber estado todo el día en la playa es divertido. Mi hija llega corriendo, coge la toalla y el gel para luego cambiarse y pasear por el camping con la bici. Desde nuestra parcela la veo pasar una y otra vez sonriendo y haciéndome guiños mientras vamos preparando la cena…..

Esta noche tenemos tertulia y celebración del cumpleaños de Montse. Una buena amiga, de Zaragoza, que tiene su caravana al lado de la nuestra y nos une una gran amistad desde hace muchos años…..

-Mamá, esta noche me gustaría ir con los amigos a la discoteca. -Me dice mi hijo que llega corriendo con mucha zalamería para que le dejemos ir-. Está en esa edad en la que no es lo suficiente mayor pero tampoco pequeño. Aquí, en este entorno seguro, sí le dejamos ir a la discoteca que está en el camping de al lado. Va toda la pandilla y aunque vengan más tarde no tienen peligro. Para él es toda una aventura ir descubriendo otro tipo de diversión. El momento, antes o después, acaba llegando….

-¡¡¡Tengo mucha hambre!! ¿Qué tenemos para cenar? -me pregunta mientras está con Raúl y Sevi merodeando alrededor-…..

Mañana comienza el campeonato de fútbol de chicas intercampings y allí estaremos, cuales forofos, animando a nuestra hija y a su equipo para que consigan ganar, un año más, la copa. Mi hija es una verdadera campeona que tiene un buen tiro por la escuadra con la pierna izquierda. El viernes estaremos de nuevo para animar a los chicos que también compiten. Mi hijo forma parte del equipo ganador de años anteriores. Son un buen grupo…..

Parece que fue ayer cuando llegamos, pero aquí los días pasan muy rápido. -Bienvenidos, familia. -Nos saludaban los amigos-. Tenemos muchas cosas que contarnos y hacer….

Las charlas a la medianoche en la playa bajo la luz de la luna siempre me han gustado mucho. Nos reímos, cantamos, charlamos con la libertad de no molestar dentro del recinto…..

Llega el sábado y tenemos, además del campeonato de fútbol de chicos, concurso de mises, actuación musical y baile…..

-Mamá, esta noche me presento al concurso de «Miss verano» con Susi, Adriana y Esther. -nos anuncia mi hija-. Son sus amigas más cercanas. Comienza, entre ellas, la preparación con la elección de vestido, maquillaje, peinado…. se lo pasan en grande…..

Hoy, domingo, hacemos paella, un ritual que tenemos en el camping al que no podemos faltar. Con los años hemos aprendido y somos unos expertos. El ruedo, la paella, el garrofó….

Todas las mañanas me gusta despertarme escuchando el ruido de los pájaros en los árboles y salir a preparar el desayuno en el silencio matinal. Ese momento del día es mi favorito. Sola, delante de una taza de café, un placer inmenso…..

Todos los días, después de comer vuelvo a la playa, relajada, en la tumbona, con mis amigas cerca. En el silencio de la siesta podemos sentir el ruido monótono de las olas que tropiezan en la orilla. Mientras, nuestras parejas se divierten haciendo campeonatos de mus. Tener aquí nuestros espacios personales y elegir cada uno aquello que nos gusta es importante para la relación. Según se va yendo la tarde, comenzamos a prepararnos para contemplar un momento irrepetible aunque se repita diariamente, los atardeceres en la playa. Espectáculo maravilloso ver cómo se junta en el horizonte el cielo y el mar formando colores rojizos y anaranjados que nos invitan a las confidencias…..

Esta noche tenemos la fiesta grande del camping donde se hace la entrega de premios de todos los campeonatos, con cena, música y baile. Tendremos que quitarnos el uniforme, es decir el bañador, y ponernos ropa de fiesta….

¡¡¡¡¡Riiiiiiinggggg, pipipipí, el sonido de un despertador!!!! Ohhhhh mis ojos se abren, se mueven hacia un lado y otro, mi cabeza da vueltas, el techo, la habitación, no son los de la caravana. Estoy en la cama de mi apartamento.


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Noche de verano

Estabas delante de mí balanceando tu cuerpo continuamente lo que hacía más dificultoso ver a mi grupo favorito cantar en el escenario. De repente, volviste la cabeza. Parecía que te llegaran mis vibraciones pensando en qué momento te ibas a dar cuenta de que no me dejabas ver bien. Nuestros ojos se cruzaron y la luz de la luna de julio nos apresó y nos dejó encadenados. Comenzamos a unir nuestros cuerpos al ritmo de la música y desde ese momento sabíamos que nos esperaba una noche juntos, sin prisas, con las ganas de las primeras noches de verano. Tu piel, caliente, hacía que nos fundiéramos para convertirnos en una sola persona.

Esa noche, en la playa, con el color negro del mar en el horizonte, tus dotes de seducción hicieron que no parásemos de amarnos, sin palabras, solo sentíamos nuestros cuerpos y el olor a salitre del oscuro mar.

Te fuiste con el amanecer y mi cuerpo se quedó mecido por las olas que recalan en la orilla. No hemos vuelto a vernos. En los sucesivos veranos que llegaron no nos volvimos a encontrar. Volvieron otras noches, pero no con la intensidad vivida en esa noche especial que perdura en mi memoria.


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Para Leo

Leo, mi amor, has llegado puntual a nuestras vidas pero teníamos tantas ganas de tenerte en nuestros brazos el abuelo y yo que se nos ha hecho largo el viaje hasta tu llegada. Un viaje, en este tiempo de pandemia, con algún que otro bache durante el trayecto, pero la valentía y el coraje de tu madre unida a ti por ese lazo irrompible que se forma en el mismo momento que sabe que estás dentro de ella, ha hecho que concluyera feliz. Esa bebé que un día estuvo dentro de mí, hoy es tu madre. Es el círculo de la vida, una emoción difícil de expresar en letras. Nuestra vida ha cambiado para mejor desde el primer momento que nos anunciaron la noticia de tu llegada.

Durante este mágico viaje hemos estado muy cerca de ti transmitiéndote nuestro amor a través de la tripita de mamá. Y cuando llegó el gran día en el que te hemos visto por primera vez en brazos de tu padre y vimos la conexión que ya existía entre los dos sentimos una emoción intensa. Y cuando te tuve en mis brazos, mis ojos se llenaron de lágrimas de felicidad y mi corazón latiendo fuertemente sintiendo que tú también eres un pedacito de nuestro ser. Desde el primer momento en el que abriste los ojos he sabido que la empatía entre tú y yo va a estar presente ya para siempre.

Otro momento especial ha sido cuando te he dado el primer biberón. La maravillosa sensación de plenitud y complicidad que se iba formando entre tú y yo hizo del primer biberón un acto de amor inmenso. Disfrutamos de cada momento en el que vemos cómo vas creciendo día a día dándonos todo el amor con tus gestos, moviendo tus manitas, tu sonrisa, pataleando con fuerza, tu llanto cuando quieres comer.

Nuestro amor por ti es incondicional, Leo. Queremos estar a tu lado para verte crecer al igual que a Clara y Emma. Nuestro amor se multiplica para cada uno de vosotros. Sois tres tesoros de esta nueva generación de la familia que debemos cuidar y proteger y ser nosotros, el abuelo y la abuela, los facilitadores de vuestro bienestar emocional.

Querido Leo, eres un nuevo regalo que nos da la vida y queremos continuar, contigo y a tu lado, la maravillosa aventura de ser abuelos.


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Invierno en la playa

La playa desnuda, tal cual, sin los aditamentos del verano.

Frente al mar, con los ojos cerrados, sintiendo el viento en el rostro, la llovizna que cae y solo escuchando el sonido de las olas rebeldes junto al de las gaviotas que en verano llegan atenuados por el bullicio de la gente.

Entre la arena y el paseo marítimo, chiringuitos cerrados con las sillas recogidas. Lo mismo ocurre con las urbanizaciones que están detrás. Persianas, jardines, todo cerrado dando una visión triste, desangelada, mezclada con la sensación de paz que da sentir el silencio. El paseo se convierte en camino de unos cuantos solitarios que quieren ver la otra cara del mar en invierno tan diferente a la de los días del estío.

La playa, ahora tan vacía, está a la espera de otro verano más para que los niños salten, jueguen y con sus palas y sus cubos remuevan la arena, esa arena que ahora está mojada. A la espera de los nuevos amores de verano que vivirán su pasión contemplando, desde la arena, las puestas de sol con sus noches cómplices a la luz de la luna que se refleja en el mar que baña la orilla donde todos disfrutarán del largo y cálido verano.


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Cómo hemos cambiado

Hacía tiempo que Andrea deseaba volver al que fue su lugar de vacaciones durante los veranos de la adolescencia. Esos veranos con los que soñaba en invierno que llegaran pronto para volver de nuevo a disfrutarlos.

Los acontecimientos de la vida han hecho que vaya retrasando su vuelta. Ahora, con motivo de la convención que ha organizado la Delegación Sur de su empresa, ha encontrado el momento de volver. Al ser jueves y viernes, está preparando quedarse el fin de semana para volver a los sitios que guarda en ese rincón de la memoria en el que se quedan los recuerdos especiales.

—Estoy muy ilusionada, mamá, con volver al que era nuestro lugar de vacaciones en verano—. Le comenta a su madre mientras termina de meter en la maleta los últimos útiles de belleza para los días que va a estar fuera.

—Cómo pasa el tiempo. No hemos vuelto desde hace más de 20 años. Seguro que está todo cambiado— Le dice su madre con algo de nostalgia en la voz.

A la mañana siguiente muy temprano se puso en marcha. Durante el viaje fue recordando cada uno de los sitios, los amigos de la época, la playa, los chiringuitos. Sobre todo se acordaba de Mané, un chico del pueblo que fue su primer amor con el que tuvo sus primeros escarceos amorosos, su primer beso. Seguramente, pensó, no haya sido el mejor pero al ser el primero siempre lo guardó en ese sitio especial de su memoria.

Llegó a la hora de comer. Tomó algo rápido en una cafetería y se fue al hotel. Por la tarde comenzó la primera toma de contacto con los compañeros de la delegación del sur. Saludos y abrazos porque todos ya se conocían por diferentes eventos a excepción de José Manuel, una nueva incorporación a la empresa desde hacía poco tiempo.

—Hola, soy José Manuel, encantado, Andrea. Me han hablado mucho de ti y estaba deseando conocerte. —Igualmente— le contestó ella en tono amigable.

Cuando, Manolo, que así llamaban a José Manuel los compañeros, dijo de ir a cenar todos juntos, Andrea, cansada del viaje, declinó la invitación y se fue directamente al hotel. Manolo, insistió en que se uniera a la cena, pero ella no lo hizo. Era un hombre simpático, cercano, con ese gracejo andaluz y desde que se habían conocido intuía que se iban a llevar bien. Le habían asignado el mismo puesto que Andrea tenía en la delegación de Madrid, por lo que iban a tener contacto continuo.

A la mañana siguiente se despertó temprano, desayunó algo ligero en el bufet del hotel y se fue directamente a la primera de las muchas reuniones que iba a tener a lo largo de los dos días. Fueron días agotadores de tomar notas, sacar documentación, hablar por teléfono, pero fueron productivos. El viernes por la tarde se despidieron todos brindando por el futuro que parecía prometedor en la empresa.

El sábado por la mañana, Andrea se levantó temprano, se puso ropa cómoda, vaqueros y playeras, dejó el hotel y se puso en marcha. El sol estaba saliendo por el horizonte anunciando un día radiante y con una temperatura muy agradable. Tenía por delante dos horas de camino para llegar. Tomó la carretera antigua para disfrutar del paisaje, a veces desértico, a veces con una red de acantilados que se extienden por todo el litoral; curvas cerradas que en algunos momentos parecían ir directas al mar embravecido con un oleaje rebelde. Estaba cerca de juntarse con el atlántico y aunque era aún mediterráneo, ya apuntaba maneras. Paró el coche en un lado de la carretera desde donde podía contemplar el inmenso paisaje. Bajó de él, cogió de su bolso un cigarrillo, lo encendió y se puso a disfrutar de las vistas que se extendían a sus pies. Cortados, de pared rocosa, verticales que caen al mar desde los cerros desafiando el abismo a más de 20 metros de altura sobre las rocas batidas por el mar. Y esa luz que solo se puede disfrutar en el sur y que ahora la cegaba.

Cuando llegó al pueblo, lo primero que hizo fue ir a ver la playa. Recordaba que era un camino recto desde la carretera, pero vio que también en este pueblo, habían triunfado las rotondas. Tuvo que pasar varias hasta llegar al aparcamiento. Y allí estaba la misma playa de piedrecillas menudas, el mar con las olas rebeldes, los chiringuitos en el mismo sitio, con las paredes provisionales de caña como hace veinte años. Miró a la izquierda y vio los apartamentos que su familia alquilaba.

Se quitó las playeras, se remangó los pantalones para sentir el contacto de las olas rompiendo en sus pies y paseando se dirigió hacia la zona de apartamentos. Se detuvo en el portal número 8. Allí seguía la urbanización, el bar de la esquina en el que tantas fiestas organizaban. Parecía que el tiempo no había pasado, sin embargo, en su interior, lo sentía diferente.

Cuando se giró para ver el paseo de palmeras que tantas veces había recorrido, se quedó absolutamente parada por la imagen que estaba viendo frente a ella. José Manuel, el compañero nuevo que había conocido en la convención de su empresa, estaba paseando con dos personas mayores.

—Andrea —le llamó con sorpresa el compañero—, cómo tú por aquí? No sabía que venías.

—Yo tampoco sabía que tú podrías estar por aquí, le contestó ella sorprendida. —He aprovechado la reunión de la empresa para volver al sitio donde venía con mi familia cuando era adolescente.

En ese momento, la madre de José Manuel se acercó a Andrea, mirándola fijamente y le dijo —Te recuerdo, querida. Estabas en la pandilla de Mané y venías a casa, a menudo, a comer el pulpo que pescaba mi padre en la zona rocosa donde estaba el hotel, te acuerdas? Hoy ya está prohibida esa pesca—. le explicó.

De repente, Andrea lo vio todo con claridad, José Manuel, era el Mané de su adolescencia, su primer amor. Y repitió para sus adentros la frase de Nelson Mandela:


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Descubrimientos en tiempos de coronavirus «La fatiga pandémica»

La palabra «fatiga» es tan gráfica que cuando hablamos de ella incluso podemos sentirla y la conocemos desde siempre. Ahora bien, la «fatiga pandémica» es otra cosa. Hasta hace un par de años no se nos ocurría hablar de esa fatiga. Quiero compartir con vosotros este post, como válvula de escape, para manifestar en voz alta lo que nos está pasando en este tiempo a tantas y tantas personas, incluso a las más optimistas.

Hemos ido adaptándonos, en un principio con fortaleza de ánimo, al confinamiento, a la «nueva normalidad» a la primera, segunda, tercera, cuarta etc. olas. Nos hemos adaptado a las mascarillas, que al principio no las resistíamos y ahora ya no sentimos que las llevamos puestas. Hemos sido resilientes y ahora sentimos el cansancio de tanta resiliencia, otra palabra que nos agota, nos desborda y nos ahogamos en ella. Estamos instalados en un hartazgo e incertidumbre que hace que se nos haga difícil ver la luz al final de este túnel que llevamos transitando 2 años.

No poder contar las aventuras de nuestros viajes porque no viajamos, no poder dar un abrazo grande de los que hacen daño; y los besos, cuanto hace que no podemos darnos un beso; la inmensa tristeza que nos invade, no poder hacer planes a largo plazo. Todo esto nos roba la esperanza que queremos conservar en nuestro interior, pero esta fatiga nos la quita y nos lleva a la desesperanza y a la resignación que hacen cada vez más difícil cumplir las normas impuestas. Y no sé vosotros, pero yo no quiero resignarme.

Esta pandemia nos ha robado nuestra libertad, nuestra vida tal y como la teníamos antes. Pues yo digo: ¡¡¡Basta ya de resignación!!! Creo que tenemos que instaurar un nuevo tiempo, de dentro hacia fuera, para acabar con el hartazgo que llevamos encima. Necesitamos comenzar a salir de este estado mental, no podemos quedarnos a vivir en él, debemos reiniciarnos y aprender a vivir y a disfrutar el ahora, aunque sea con restricciones, con todas las medidas sanitarias, pero sin pensar en el después, porque contemplar como pasa la vida desde la ventana sin ser partícipe de ella es algo que ya no nos podemos permitir. Nos lo debemos y lo tenemos que conseguir.


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¡¡¡FELICES FIESTAS!!!

Mis mejores deseos de felicidad en estas fiestas y que el próximo año 2022 sigamos compartiendo nuestros escritos, pensamientos, vivencias, ficciones, leyendo, comentando y sobre todo, disfrutando de ellos como hemos venido haciendo hasta ahora a través de este espacio común. SALUD Y FELICIDAD PARA TODOS Y TODAS en este tiempo tan difícil que nos está tocando vivir. Un abrazo.


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Descubrimientos en tiempos de coronavirus «Vulnerabilidad»

Cuando vi los ojos de Marina entendí que algo no iba bien. Ella es una mujer a la que le hablan los ojos, son el espejo de cómo se siente en cada momento. Y ahora, cuando el resto de la cara se esconde bajo la mascarilla, esos ojos hablan más que nunca. Ese día los tenía tristes y apagados.

—Me siento rara, algo cansada. —Me contestó al preguntarle cómo se encontraba.

—Será el cambio de tiempo, Marina. Sabes que el cambio de estación siempre afecta y el otoño está llegando. —Le dije para animarla.

—Quizás, pero a mí nunca me ha pasado anteriormente. —Me confesó en un tono triste y temeroso.

Seguimos charlando en el café donde a menudo nos encontrábamos para contarnos nuestras cosas. Nos gustaba ir allí. Es un sitio pequeño, acogedor, con pocas mesas que guardan la distancia de seguridad, geles hidroalcohólicos por varias zonas del local y un ambiente muy agradable. Siempre nos sentábamos en una mesa que daba a un gran ventanal, semiabierto a pesar del frío, donde podíamos ver el ir y venir de la gente. Nos pedimos «lo de siempre» como le decíamos al camarero que ya nos conocía y sabía de nuestros gustos por el buen café y la bollería que hacen artesanalmente.

Estuvimos hablando de lo cerca que están las navidades, de los planes que tenía con su pareja, Daniel, con quien lleva tres años compartiendo su vida. Siempre les ha gustado pasar la fiesta de nochevieja fuera de España, pero ahora con la pandemia, prefieren pasar las fiestas en casa.

Una conversación agradable como siempre que estaba con Marina, pero en esta ocasión estaba dispersa, con el pensamiento en otro lado. Ese día no estaba allí conmigo. Nos tomamos el café y nos despedimos con un abrazo de lado, sin besos, y con la promesa de volver a vernos pronto.

Al día siguiente, recibí una llamada de Daniel diciéndome que Marina se encontraba en el hospital por haber dado positivo en Covid. Al no tener fiebre y pocos síntomas, la enviaron a casa. Él había dado negativo, no obstante, tenía que permanecer aislado durante diez días. Me quedé perpleja, no supe reaccionar, no podía imaginar que ese cansancio que tenía Marina pudiera desembocar en esta enfermedad tan temida que nos asola. Ella tiene la vacunación completa y siempre ha sido prudente en los contactos y en las salidas. Desde que empezó la pandemia nos hemos visto siempre fuera o en sitios concretos y muy bien ventilados.

Al haber sido contacto estrecho de Marina, yo también me tenía que hacer las pruebas y confinarme en casa. Y así empezó el viaje del coronavirus. Médicos, pruebas de antígenos, pcr, aislamiento y ese miedo que se nos mete dentro y nos atenaza sin capacidad de reacción. Por suerte, a mí, las dos pruebas me dieron negativo. No obstante, tuve que estar aislada en casa durante 10 días.

A pesar de todas las precauciones, un día, de golpe, llega el maldito virus y nos encontramos desnudos frente a él con el temor de no saber cómo va a reaccionar nuestro cuerpo. Comienzan una serie de emociones en las que vamos de la alegría a la incertidumbre, de los planes a la decepción. Esa sensación de volver a pasar por días y noches en los que no sabemos qué hacer.

Cuando pensábamos que las conversaciones a través de una pantalla ya habían pasado, nuevamente Internet ha sido clave para ello. La frase «Todo va a salir bien» tan repetida en el tiempo de confinamiento del pasado año también ha vuelto a cobrar fuerza y a repetirla diariamente en nuestras conversaciones telefónicas o por WhatsApp.

El día en el que pude ver la carita de Marina a través de videoconferencia fue fantástico.

—Hola, amiga, —me dijo con la voz algo débil—. No sabes cómo te he echado de menos.

—Marina, qué bien poder vernos aunque sea a través de la pantalla.

Nos miramos emocionadas, observándonos, como queriendo confirmar que estábamos bien.

Pasados los diez días a Marina le dio la pcr negativo y poco a poco fuimos retomando la «nueva normalidad» con la que llevamos conviviendo más de un año. Hemos vuelto a nuestros encuentros y a nuestras confidencias en el café que tanto nos gusta, siendo conscientes de la vulnerabilidad que tenemos ante el virus aún sin ser personas de riesgo y estar vacunadas.

Debemos seguir cuidándonos porque la pandemia se sigue paseando por las calles y plazas indiscriminadamente. Debemos estar fuertes para no caer en sus redes y las vacunas son primordiales para ello. Porque queremos que esto termine, cuidémonos entre todos.


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Descubrimientos en tiempo de coronavirus. La magia de la vida

La vida nunca deja de sorprendernos y su magia hace que de vez en cuando nos bese en la boca, como dice la canción de mi admirado Juan Manuel Serrat: «De vez en cuando la vida nos besa en la boca…. y está tan bonita que da gusto verla…» Pues bien, de nuevo, la vida se ha sentado conmigo, me ha besado y me ha anunciado otro descubrimiento maravilloso.

El descubrimiento ha sido en forma de noticia familiar. Un acontecimiento que hace que no se me quite la sonrisa de la cara, desatando en mí una ola de sentimientos maravillosos. De nuevo, voy a ser ABUELA. Mi hija está esperando un bebé. Llega a la familia otro rayo de luz convirtiéndome en la abuela más feliz del mundo.

Siento que la vida me brinda la oportunidad de seguir descubriendo el amor incondicional de abuela con otra personita que está en camino para cuidarla, amarla y protegerla.

«De vez en cuando la vida saca un conejo de la vieja chistera y uno es feliz como un niño cuando sale de la escuela…» Y así estaré yo, feliz, para disfrutar de su felicidad y compartirla.


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Miradas

Todos los días buscaban en la playa el hueco por el que sus miradas se podían encontrar sin que nadie les viera. Cada uno se tumbaba en la arena, sobre la toalla, debajo de la sombrilla y entre las sillas y los cuerpos sudorosos de los que estaban alrededor, encontraban la manera de mirarse. La mayoría de las veces sus miradas fugaces coincidían enviando un mensaje que entendían a la perfección. En alguna ocasión la mirada del otro no estaba y tenían que hacer varias hasta encontrarse de nuevo.

Desde que coincidieron en la misma playa y sus miradas se encontraron, los dos sintieron un calor en la sangre comprendiendo que iban a ser algo más que vecinos de playa.

Ella tenía pareja y él iba con su familia al completo, esposa, hijos y padres. Pero se deseaban, miradas furtivas, manos que se juntaban la una con la otra, disimuladamente, cuando se cruzaban al entrar o al salir.

Ella pensaba, desde hacía algún tiempo, que era invisible a las miradas de los hombres. Estaba en esa edad en la que ya no se sentía atractiva. Que él se fijase en ella le hizo volver a experimentar esa sensación de verse atraída por alguien de nuevo. Todos los días deseaba ir a la playa para buscar la mirada de él.

Una tarde en el roce de manos que tenían cuando se encontraban, él dejo deslizar una nota escrita en un trozo de papel. Su corazón comenzó a acelerarse como cuando tenía quince años y sentía el primer contacto con algún chico de la época. Nerviosa, consiguió esconder la nota en un lateral del bañador, deseando ir a un lugar discreto para poder leerla. En la nota, con una letra irregular que se notaba escrita con rapidez, le decía que deseaba verla al anochecer en la playa. Ahora, que había llegado el momento, le asaltaba la incertidumbre de estar a su lado, escuchar su voz y verse, frente a frente, sin gente alrededor.

Lo encontró sentado en un montículo de arena mirando al horizonte. El oleaje había traído una marea fuerte y se había quedado mucha tierra acumulada en la orilla. Se puso a su lado. Él al notar su presencia alargó la mano para coger la de ella y entrelazarlas. En ese momento, sus miradas se encontraron de frente observándose detenidamente, con un lenguaje no verbal en el que iban descubriendo la complicidad que existía entre ellos. Siguieron con las manos entrelazadas y el deseo recíproco que sentían hizo que sus labios se juntaran pensando los dos en un nuevo tiempo que se abría ante ellos.

«Hay quien te dice con la mirada lo que con su voz no puede». Anónimo