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La vida y otros cuentos


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Tardes de verano

Me gustan las tardes de verano, en la playa, cuando el sol ya no está tan alto. Voy lentamente caminando por la orilla del mar, notando como las olas vienen a mis pies, majestuosas, con ese ruido potente, para seguidamente dejarlos desnudos. Poco a poco voy hacia adentro, adaptándome al cambio de temperatura, aunque el Mediterráneo es un mar cálido por naturaleza.

Mar en calma, olas tranquilas, aguas transparentes que invitan a disfrutar. El mar me arropa y miro al cielo, de un azul intenso, con alguna nube que parece algodón de azúcar. Calma total. Parece una tarde de verano más de las muchas que llevo aquí. Las olas, una tras otra, van y vienen en un compás en el que parece que el tiempo no ha pasado y siento que es el mismo verano de tantos otros donde el tiempo es interminable, donde nos reunimos los amigos para ver los atardeceres maravillosos, donde el mar va cambiando de color a la vez que el sol se va escondiendo y recibimos a la luna envuelta en un cielo de múltiples colores. En ese momento, mágico e irrepetible, nos abrazamos y celebramos la vida juntos, sabiendo que tenemos todo el verano por delante para disfrutarlo.

Si cambio la mirada hacia la arena, el paisaje cambia por completo. Es una tarde de verano diferente. La gente va con mascarilla, no veo grupos de niños y niñas, jugando, haciendo castillos de arena. Las sombrillas están muy distanciadas unas de otras y siento, especialmente, la ausencia de los amigos contemplando el atardecer.

Decido volver la mirada hacia adentro, hacia el horizonte, donde se junta el mar con el cielo para seguir creyendo que son las mismas tardes de otros veranos en la playa de mi vida.


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Descubrimientos en tiempos del Coronavirus 5: El maquillaje en la nueva normalidad

No soy de las que se ponen maquillaje, sombra en los ojos,  rimmel en las pestañas todos los días,  pero siempre, hasta este momento, he salido a la calle con un toque de “rouge” en los labios y algo de color en las mejillas. Formaba parte de mi rutina diaria, como ponerme los zapatos o coger las llaves de casa.

Cuando comenzó el confinamiento, esa rutina se quedó varada y estuve tres meses con la cara lavada sin ningún tipo de aditamento que no fuera la crema diaria. Ahora, con la nueva normalidad, podemos volver a salir y descubro que comienza una nueva rutina.

Ahora, antes de salir, lo que busco en el armario del cuarto de baño no es el colorete y el lápiz de labios, es el paquete de mascarillas y el gel hidroalcohólico. Cojo una del paquete, previa desinfección de las manos, y me miro en el espejo para ver que me queda ajustada, que las gomas están bien pegadas a la orejas, que está bien sujeta a la nariz para que cuando me ponga las gafas no se empañen los cristales. A continuación, cojo el frasquito de gel y lo guardo en el bolso. Al principio, suponía un esfuerzo colocarme la mascarilla, buscar el envase apropiado de gel para el bolso, pero una vez superado todo ello, he descubierto que esta nueva rutina es más práctica y rápida que la de antes de la pandemia.

Ahora, ante el espejo, con la cara tapada por las mascarilla, no tengo que preocuparme de perfilar los labios antes de darme el rouge, o de que las mejillas estén igualadas con el colorete, o en los pocos días en los que me daba maquillaje, comprobar la uniformidad en todo el rostro.

Ahora, ante el espejo, con la mascarilla puesta, mirándome a los ojos, descubro lo que intuía cuando empezó la “fase 1” y que ya comenté en uno de los post anteriores sobre mis descubrimientos en este tiempo de coronavirus: La importancia del lenguaje de las miradas cuando se cruzan al tener la cara tapada. Ha llegado ese momento en el que el maquillaje de los ojos sea una herramienta imprescindible en el impredecible lenguaje de la mirada, al perder, en parte, la expresión facial con la mascarilla.

Ahora, ante el espejo, descubro que en el maquillaje de la nueva normalidad, los ojos son  los protagonistas.

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Vecino enamorado

Cuando vi la expresión de los ojos de Antonio al mirarla, descubrí que estaba enamorado de ella. A mí nunca me había mirado así.
Estamos juntos desde…. ni me acuerdo. Formamos un buen equipo, nos gustan las mismas cosas, tenemos caracteres afines y sin pensarlo demasiado, un buen día de hace muchos años, decidimos compartir nuestras vidas.
En el rellano del piso en el que vivimos no teníamos vecinos hasta que hace dos meses vino a vivir una pareja, Estrella y Vicente, con su hijo. Ella, una mujer guapa, joven, con unos ojos color miel muy expresivos y él un hombre rayando los sesenta, muy atractivo, alto, con un cuerpo muy estructurado y de muy agradable conversación.
En seguida comenzamos a tener contacto, ya que Vicente, por su trabajo, pasaba semanas fuera de casa y nosotros estábamos dispuestos a ayudar a Estrella en lo que pudiera necesitar. En alguna ocasión, hemos hecho de “canguros” o Antonio ha hecho de “manitas” cuando lo han necesitado.
Poco a poco empezamos a intimar y a tener cada vez más relación con nuestros vecinos. En los momentos en los que estaba Vicente en casa, cualquier disculpa era buena para reunirnos. Me gustaba mucho hablar con Vicente, un hombre muy culto del que siempre aprendía algo. Podía estar horas escuchándole sin perder un ápice de interés. Con estas reuniones conseguimos tener un trato cercano y siempre que disponíamos de tiempo, organizábamos encuentros en su casa o en la nuestra.
Y sin darme cuenta, Estrella empezó a estar muy presente en el día a día de Antonio. Según me contaba, coincidían a menudo en el portal cuando ella llegaba del trabajo. En ocasiones, se retrasaba y me decía que se había encontrado con Estrella y habían estado hablando durante bastante rato de cosas que, en aquel momento, no me interesaban demasiado.
En aquellos momentos, no podía imaginar lo que estaba sucediendo entre Estrella y Antonio, hasta que hace unos días, estando los tres en casa, vi la mirada de los dos cruzarse. Fue algo fugaz, pero me sentí como una extraña entre ellos. En ese instante, entendí las justificaciones que ponía para madrugar; también entendí su buena disposición a bajar la basura todos los días cuando, antes de conocerla, detestaba hacerlo; simplemente eran excusas para encontrarse con ella. Han sido cambios sutiles que se han ido produciendo, poco a poco, sin llamar la atención, y ahora, al ver esa mirada, de repente, ha ido pasando por mi cabeza, como una película, toda la relación desde el inicio.

Tendré que preguntarle a Antonio si se ha dado cuenta de cómo nos miramos Vicente y yo.

 


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Descubrimientos en tiempos de confinamiento 4 “El cariño desde la distancia”.

Siempre he creído que los abrazos son indispensables para nuestra salud emocional. Darnos un abrazo, tocarnos, es una sensación tan placentera en la que no he dejado de pensar durante toda esta semana que hoy termina.

Ha sido una semana rara. He estado nerviosa, un poco agobiada, se acercaba la fecha de mi cumpleaños y me volvía a invadir el sentimiento recién descubierto de la nostalgia. Nostalgia de fechas pasadas en las que nos juntábamos todos a celebrar esta fecha señalada. Sentía que  iba a echar de menos tener cerca a mi familia para tirarme de las orejas y darme los regalos con un beso fuerte y sonoro en las mejillas acompañado de un gran abrazo. Es verdad que tengo la suerte de tener a mi lado a mi marido, compañero, amigo, amante, siempre cerca, haciéndome feliz, pero el saber de antemano que no íbamos a estar con toda la familia, me ha hecho estar toda la semana inquieta.

Y llegó el día. Desperezándome en la cama, lo primero que sentí a mi lado, fue el abrazo de buenos días de mi marido, con el primer beso de felicidades, diciéndome que iba a tener un bonito día de cumpleaños. Y así ha sido.

A lo largo del día, he recibido llamadas, mensajes de cariño, felicitaciones, sorpresas de mi familia, llenas de amor, haciendo, con el paso de las horas, que los temores tan presentes durante toda la semana, se hayan ido disipando. La tecnología, este invento moderno, también ha contribuido a ello, uniéndonos en la distancia.

En este tiempo de confinamiento, el día de mi cumpleaños me ha abierto la ventana a otro descubrimiento: No me han hecho falta los abrazos para sentirme rodeada de cariño y llena de amor aunque no estemos cerca.

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Descubrimientos en tiempo de confinamiento 3 “La nueva normalidad”

Ayer pisé la calle después de más de cuarenta días de confinamiento. Estaba deseando salir fuera de las paredes que me han dado cobijo durante tantos días, pero a la vez que sentía esa necesidad, sentía miedo, nervios, muchas dudas y una sensación de inseguridad como cuando un niño comienza a dar sus primeros pasos.

Todo estaba en su sitio, la calle limpia y ningún coche circulando. He descubierto, nuevamente, la maravillosa sensación del aire y el sol dándome en la cara y me ha gustado descubrir la complicidad entre los desconocidos que nos cruzábamos en la distancia con un gesto de saludo o un “buenos días”. Qué bonito sentir esa sensación inimaginable antes del confinamiento. Según iba caminando, la inseguridad que tenía antes de salir, fue mermando y mis temores se fueron diluyendo. Hacía un día precioso y me propuse disfrutarlo durante el tiempo que nos dejan. Había decidido, después de las dudas, no llevar mascarilla ni guantes. Es una zona muy tranquila y amplia por la que transito, con mucho campo, permitiendo guardar la distancia social que nos aconsejan.

Según iba avanzando en mi paseo, en la acera de enfrente, en la misma dirección que yo, caminaba una persona conocida, que al principio, por llevar mascarilla, dudé si era ella. Mi primer impulso fue acelerar el paso para ir a saludarle y preguntarle cómo se encontraba después de cuarenta días sin vernos. Pero me paré en seco porque, en ese preciso momento, mi cerebro me avisaba de que no debía seguir, aunque mi corazón me decía que lo hiciese. Entonces, nos limitamos a saludarnos con la mano enviándonos besos desde la lejanía. Sentí el encuentro como algo fallido, algo que no terminaba de encajar. Aún, en mis pensamientos, fluía la idea de volver a la vida de antes cuando nos permitieran salir. Y ahí, en ese instante, descubrí lo lejos que estaba la vida de antes y cómo iba a ser la “nueva normalidad” de las relaciones interpersonales. Sin besos, sin abrazos, sin un apretón de manos con un “cómo estás”.

Continúe mi camino para adentrarme en una zona verde, inmensa, que estando tan cerca de casa, la comencé a descubrir y a disfrutar desde mi terraza, esa terraza que ha sido mi mejor aliada durante este tiempo de confinamiento y desde donde me he sentido un poquito menos prisionera. Ahora, el paisaje que he contemplado a diario, se abría ante mí. He podido saltar, correr y sentir sobre mis pies la hierba crecida, descubriendo el olor característico de las flores silvestres haciendo aún más placentero el camino.

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En la “nueva normalidad”, otro de los descubrimientos será la importancia que tendrá el lenguaje de las miradas cuando se crucen al tener parte de la cara tapada por la mascarilla. Y las nuevas formas de darnos afecto para sustituir los abrazos. Habrá, también, una nueva seguridad para protegernos unos a otros. Y así, según vayamos pasando por las fases, iremos haciendo descubrimientos hasta conformar esa “nueva normalidad”.

La “nueva normalidad”, dos palabras que se han convertido en protagonistas y  que son el gran descubrimiento de este tiempo. Para todo lo que nos queda por venir, es importante recordar lo que dijo Stephen Hawking:

“La inteligencia es la habilidad para adaptarse al cambio”.

 

 

 

 


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Descubrimientos en los tiempos del coronavirus 2: El sentimiento de la nostalgia

Han pasado más de quince días de confinamiento que me han llevado a hacer descubrimientos que antes nunca había percibido, como ya comentaba en mi post anterior.

Sigue el confinamiento y sigo descubriendo. Ahora, el descubrimiento está en el terreno de los sentimientos: La nostalgia.

Este sentimiento o sensación no lo había experimentado anteriormente. Siempre me ha gustado recordar el pasado y me causa emoción ver la diferencia entre el ayer y el hoy,  pero no he sido de las personas que viven sin desprenderse de su pasado. Sin embargo, en estos momentos de confinamiento, quizás por la incertidumbre ante el futuro, me refugio en los álbumes de fotos antiguas, en recordar un tiempo en el que todo era distinto y que entonces ni siquiera podía pensar que aquello era la felicidad y ahora, la nostalgia se encarga de que piense que sí lo era. Se hace hueco dentro de mí con una sensación agridulce añorando el pasado al que ya no hay  posibilidad de volver.

No quiero que este nuevo sentimiento se instale en mí, sin sacar su lado positivo. Por ello,  voy a tratar de que este refugio momentáneo que me brinda la nostalgia, me dé la fuerza suficiente para resistir el presente que nos toca vivir.

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Descubrimientos en los tiempos del “Coronavirus”

Con la de cosas que yo tenía planeadas para esta primavera y heme aquí, de repente, con motivo del “Coronavirus”, confinada ya siete días, reduciéndose mi vida a las cuatro paredes de mi casa. Sin embargo, en estos días, he descubierto, de momento, que la terraza y el pasillo de mi casa son algo más que simples estancias a las que, hasta ahora, no prestaba atención alguna.

La terraza es grande y siempre he querido cerrarla. No sé porqué, la mayoría de los que tenemos terrazas en nuestros pisos, acabamos cerrándolas. Ahora, me doy cuenta de la importancia de tenerla al aire libre. La disfruto todos los días, camino por ella, observo el horizonte, sintiendo una indescriptible sensación de libertad. No tengo cerca ningún edificio, solo veo campo y a lo lejos, la autopista. Una de las cosas que más me gustan, es acercarme al poyete, dejando al aire la mitad de mi cuerpo para abrir los brazos y coger aire con todas mis fuerzas como si tuviese la necesidad de guardarlo para después.

Otro de los descubrimientos que me brinda la terraza, es contemplar el atardecer. Nunca antes lo había experimentado y es algo que no me quiero volver a perder porque me llena de gozo. 20200314_192352

También quiero contemplar el amanecer. Es otro de los descubrimientos pendientes para los próximos días de confinamiento.

En el interior de mi casa, está el pasillo. Un pasillo largo, amplio, con recodo, que la mayoría de las veces me resulta pesado recorrer por las prisas que llevo.

Ahora, por el pasillo corro, un, dos, tres, cuatro…, me detengo, vuelvo a correr, me detengo, y en un determinado momento, observo  con especial interés, que hace tiempo no tenía, los cuadros que están colgados en las paredes. Son cuatro lienzos que me regaló un buen amigo, pintor, al que hace años que no veo y que, en estos momentos, le siento muy cerca a través de ellos. Mirar sus cuadros me hace sentir nostalgia del tiempo en el que estuvimos juntos. Recuerdo su nerviosismo cuando se aproximaban las fechas para exponer sus obras y las largas jornadas organizando el recinto, poniendo las “cartelas”  con los datos de cada cuadro. Un tiempo de largas noches en cafés, donde esperaba convencido de que más pronto que tarde, le llegaría la fama y el reconocimiento.

Son cuadros de un realismo abstracto. Sus formas de líneas onduladas predominando los tonos ocres, marrones y verdes, me recuerdan a la meseta castellana. Esa sensación de aridez, de llanura, de estepa. Me llama mucho la atención el papel que juega el cielo en sus cuadros, las tonalidades que marca el autor en cada lienzo. Imagino las estaciones del año a través de la luz que reflejan. En alguno, la mezcla de grises y azules, barrunta el comienzo de una tormenta en primavera. En otro, el color del cielo es de un azul intenso que me recuerda los veranos de Castilla bajo ese cielo abrasador.

Realmente, me conmueve sentir y descubrir espacios, placeres y sensaciones que estaban ahí pero que, por el poco tiempo de que disponemos en nuestro día a día, los había olvidado. En estas circunstancias, ese bien tan preciado que es el tiempo,  se transforma, poniéndose a mi disposición para disfrutarlo plenamente.

No todo es negativo en el confinamiento si se juntan el tiempo y la imaginación. Seguiré practicando con avidez este nuevo descubrimiento que consiste en descubrir lo que tenemos pero no lo apreciamos.

“Lo que hoy no se valora en un futuro se lamenta”

 

 

 

 

 

 


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RECUERDOS

Iba a sentarse en la roca para descansar después de la caminata cuando, Rogelio, ve algo en el suelo que le llama la atención. Semienterrado, entre los matorrales, sobresale algo metálico de color gris. Con la ayuda de su “garrota”, como él llama al bastón de madera en el que se apoya para sortear los riscos, escarba entre la maleza aflorando una esfera de hierro con varios agujeros.
A sus 84 años, a Rogelio le gusta caminar por el campo cuando está en el pueblo. Disfruta observando el horizonte hasta donde alcanza su mirada, percibir los aromas vegetales, conectar con sus raíces, a pesar de que los recuerdos que le vienen de su infancia y juventud son amargos. Nunca regresó al pueblo para quedarse; ahora es su hija quien le lleva y aprovecha esos paseos para respirar el aire puro de la comarca que es lo único que echa de menos cuando está en la ciudad. Allí, donde vive la mayor parte del año, está rodeado de humo, ruido y coches. Se fue del pueblo buscando un futuro mejor y en la ciudad encontró trabajo, se enamoró, se casó y tuvo dos hijos. Nunca, a su familia, inculcó el arraigo al pueblo. Sin embargo, su hija es una enamorada del medio rural y piensa en la posibilidad de convertir la casa en un hotel turístico.
Esta mañana, nada más levantarse, Rogelio, abre la ventana de su habitación, respira intensamente y disfruta del aire frío hinchando sus pulmones. Ha salido un día lleno de luz y el sol está ya en el horizonte. Se viste lo más rápido que puede y antes de salir de casa, prepara su pequeña mochila, “que no se me olvide el teléfono porque sino mi hija me regaña”, piensa para sus adentros, mete la botella de agua, coge del perchero de la entrada la gorra que le acompaña desde que empezó a perder el pelo y su necesaria “garrota” para empezar la caminata del día.
Hoy, ha decidido subir hasta el pico de la Peña. Su cima es uno de los mejores miradores desde donde se puede contemplar toda la llanura de alrededor. En su ladera abundan roquedales y matorrales bajos de montaña y a Rogelio le gusta contemplar ese paisaje, respirar hondamente “guardando todo el aire que pueda”; así lo cuenta después a sus amigos cuando vuelve a la ciudad.
En un primer momento, la curiosidad le lleva a querer coger la esfera para examinarla de cerca. Pero, observándola detenidamente, se da cuenta de que podría ser una carcasa de proyectil de la Guerra Civil, de las muchas que han encontrado por la región. Es difícil creer que en estos lugares donde ahora se respira tranquilidad, hace ochenta años estallasen bombas y hubiera una guerra.
En ese momento, su memoria empieza a deambular por los recuerdos y le lleva a un tiempo ya lejano pero no por ello menos presente en su vida.
En cuestión de segundos aflora en su mente la cara de su padre siempre con un gesto de desconfianza atravesado por el miedo que en aquel tiempo era prioritario para sobrevivir y del que solo escapaba cuando se sentía en un ambiente seguro.
La cara de Rogelio, en ese momento, acusa la tristeza del recuerdo de su niñez en la fría casa donde vivió con sus padres y sus hermanos, la misma a la que ahora viene con su hija. Llega a percibir en su cuerpo la humedad de la madera de las ventanas por donde se asomaba queriendo escapar de tanta desolación, la impotencia de su madre ante la despensa vacía, haciendo filigranas con la comida para ahuyentar el hambre de la posguerra, la frialdad de las habitaciones porque solo había un brasero para calentar toda la casa. Y sobre todo, recuerda el silencio, ese pesado silencio que siempre hubo en la familia y que solo llegó a entender cuando, ya mayor, se dio cuenta de que era una coraza para sobrevivir.
Sacude la cabeza para ahuyentar esos tristes recuerdos determinando que es mejor no tocar el artefacto y llamar a la Guardia Civil. La Guardia Civil… al pensar en ella, recuerda, con una mezcla de pena y rabia, aquella mañana de Diciembre en la que vinieron buscando a su padre.
Amaneció un día frío y desapacible. Recuerda como estando sentado a la mesa con su madre y sus hermanos delante de un escaso tazón de leche, oyó golpear la puerta de la entrada, gritando “Aquí, la Guardia Civil”. Entraron preguntando por su padre, mirando a un lado y a otro, pasando directamente a las habitaciones apartando todo lo que hallaban a su paso. Al no encontrar al padre, oyó como hablaban con su madre en un tono amenazante. Sus recuerdos están tan presentes que se estremece pensando en lo que fue la vida de su padre durante los años de la dictadura. Un relato de fugitivo en noches de nieve, huidas por calles desiertas por el toque de queda; calles por las que ahora transita Rogelio y que un día fueron testigos del terror. La figura de su madre también está muy presente en él. La recuerda en una vida silenciada por el miedo tejiendo una red de olvido para sobrevivir.
De nuevo, sacude la cabeza volviendo al presente, saca de su mochila el teléfono móvil para llamar al puesto de la Guardia Civil y explicar donde se encuentra y lo que ha descubierto.
En poco más de media hora, se presenta un coche patrulla de la Benemérita con cuatro guardias civiles dentro. Examinan el lugar y el artefacto comprobando que, efectivamente, se trata de una carcasa de proyectil que, aunque parezca vieja o inservible, puede activarse con el movimiento. Lo primero que hacen es acordonar la zona e inmediatamente después se ponen en contacto con el cuartelillo dando la información necesaria para que avisen al Grupo Especialista y procedan a su desactivación.
Rogelio se queda en un lado observando todo el movimiento que ha generado su descubrimiento. Después de hablar con los guardias civiles que le explican los numerosos artefactos que encuentran caminantes como él por la zona, se pone la mochila a la espalda, coge su “garrota” y emprende el camino de vuelta pensando que, de una manera u otra, el pasado siempre vuelve.


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LA HERENCIA

Estabas tan obsesionado con dejar tu herencia en perfecto orden, que la mayor parte de tu vida te dedicaste a ello y ahora no me extraña que te den ganas de volver y hacer todo lo contrario.
Es verdad que tu carrera profesional, dirigiendo el bufete, te hizo ver tantas situaciones anómalas después de que la persona fallecida no dejase los asuntos bien arreglados, que es normal que quisieras que no le ocurriera a tu familia.
Recuerdas a la condesa de Ribatejada, que dejó todos los bienes a su hija como heredera universal y una vez fallecida, los quebraderos de cabeza que te dieron los herederos porque no estaban de acuerdo con la herencia. Aún me sale una sonrisa cuando escuché a su hermano, el conde, decirte que quería hacer una impugnación porque a él le correspondía la “legítima” y no estaba por la labor de dejarlo todo en manos de la hija “bastarda” como él la llamaba.
O al presidente de Reaseguros Forte que también tenía testamento, pero sus herederos, aunque aceptaron la herencia, no quisieron realizar la partición de los bienes. El día que vino el hijo mayor, con su porte tan digno, queriendo decirte que no estaba de acuerdo y lo que le costó hacerlo por su tartamudez; me dio un ataque de risa que a duras penas pude contener.
Claro, claro, que te entiendo y te doy la razón de que lo normal es dejarlo todo bien hecho. Pero sabes que en la vida no siempre sale lo que uno quiere, aunque ya sé que en tu mundo cuadriculado, eso no tenía cabida. Eras así de rígido para todo, tu mente impenetrable no admitía discrepancias ni cambios. A las nueve de la mañana, el desayuno, a la una de la tarde, el vermouth y a las 9 de la noche, la cena, estuvieses donde estuvieses. Hasta que llegó Fernanda a tu vida. Ella la cambió por completo poniéndola del revés.
Una de las múltiples noches que me quedaba hasta tarde en el despacho, descubrí una carpeta diferente a las demás encima de tu mesa. La curiosidad me llevó a abrirla y dentro estaba, entre otros documentos, tu testamento. Comencé a ojearlo viendo cómo distribuías tu herencia a partes iguales y en perfecto orden, pero llegando al final me sorprendió ver el nombre de ella entre los favorecidos. Le dejabas la casa de Oslo a tu amante, una casa maravillosa a esa mujer que no tenía el más mínimo pudor en demostrar que solo le importaba tu dinero. Y no solo la casa. A continuación, figuraba el detalle de las joyas que también le dejabas y que se encontraban en la caja fuerte a buen recaudo. En ese momento entendí el porqué de tu celosa custodia de esa caja fuerte, no dejando que nadie, ni siquiera yo, tuviera su combinación.
Al terminar de leer la última página del testamento, comprobé con amargura que me habías ignorado absolutamente, no figurando mi nombre ni en los agradecimientos. Yo, tu fiel soldado desde el inicio de tu profesión, ayudándote, favoreciendo tus relaciones profesionales con altos cargos y estando a tu lado siempre, en lo bueno y en lo malo, aguantando tus malos humores, tus manías de tener todo colocado de una determinada manera, siendo cómplice de tus infidelidades, custodiándote hasta el sueño. Incluso tu mujer nunca vio con buenos ojos la relación tan cercana que teníamos.
No pude soportar que dejaras parte de tu herencia a una advenediza. En vista de lo cual, decidí ponerme “manos a la obra”.

Estar a tu lado toda la vida ha hecho que aprendiese mucho y bien, pero también aprendí mucho y bien esa parte de malas prácticas que existen en los bufetes.
Al ser tu persona de confianza en los asuntos legales, me nombraste “contador partidor” de tu herencia, y eso hice, conté y partí tus bienes, pero a mi manera. Tengo que confesarte que tuve ayuda. D. Fulgencio Orostre, recuerdas, nuestro notario de cabecera, hizo su parte bajo una sustanciosa cantidad de dinero. Y ya ves que, a día de hoy, tus herederos están en litigio permanente y tu amada Fernanda no ha conseguido tener nada.
Estarás también desesperado viendo cómo la cuenta que tenías en Suiza, a través de la cual dabas comisiones a tus testaferros, ahora mismo la está investigando la Agencia Tributaria y nadie puede disponer de los fondos.
Se me olvidaba decirte que hice bueno el refrán de “el que parte y reparte se queda con la mejor parte”. Te lo estoy contado desde la suite de un barco de lujo, mirando al horizonte, que me lleva a dar una vuelta por el mundo.
En tu mente cuadriculada, creías que lo dejabas todo atado y bien atado pero yo me he encargado de desatarlo y lanzarlo por los aires.

Frase provervial: “La venganza es un plato que se sirve frío”.


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Vivencias de una adolescente durante la Guerra Civil en Madrid

Tercer premio del concurso de relatos “Tu historia es nuestra historia” de la Fundación Ideas para el progreso, dentro del apartado “Experiencias durante la Guerra Civil Española”.

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En este tiempo que se acerca de hacer balance y reflexión, cuando está a punto de finalizar este año en el que se han cumplido ochenta años de la Guerra Civil Española, quiero recordar la historia de mi madre sobre sus vivencias durante aquella guerra. Yo, simplemente, fui notaria de su relato transcribiendo su testimonio, y mi hija, siempre interesada en las cosas que le contaba su abuela, fue la artífice de presentar el relato a concurso, resultando, finalmente,  ganador del tercer premio.

Sirva de nuevo, como dice mi madre al final de su relato, para homenajear a todos los que sufrieron las consecuencias de esa devastadora guerra, especialmente a su padre y a su marido, mi padre, otro hombre bueno que por sus ideas también sufrió la represión del fascismo.

El relato termina reflejando la esperanza de mi madre en que la lucha no fue en balde:

“Si mi padre hubiera podido conocer a mi nieta, su biznieta, la que ahora me ha empujado a recordar todo lo vivido en aquella época, podría haber comprobado que su lucha no ha sido en balde. Todo lo contrario, ha servido para dejar un legado que hemos procurado transmitir de padres a hijos hasta el día de hoy”.

Ya no están con nosotros, pero el legado sigue vivo porque ell@s nos enseñaron a seguir transmitiéndolo.

Por la Memoria Histórica, tan necesaria recordarla para que la historia no se repita.